Sierra de Guadarrama

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Los paisajes poseen una capacidad civilizadora de retomo. En ella intervienen los efectos de la contemplación y la vivencia directa de sus componentes valiosos. Pero también tiene su papel la participación en sus imágenes, construidas por sus representaciones culturales. Esto es así porque los paisajes no tienen sólo configuración geográfica, sino un cuerpo paralelo cualificado, que les otorga valores añadidos y, con ellos, adquieren su entidad completa y a veces su sentido más profundo. Estas cualidades, que llegan a concederles valores morales, pueden alcanzar un rango notable, por lo que la relación no material entre una sociedad y su paisaje puede adquirir más profundidad e interés que la existente entre los termines más utilitarios de población y territorio. Esto ha ocurrido de modo particularmente acusado entre la ciudad de Madrid y su próxima Sierra de Guadarrama, aunque no sin zigzagueos. Extraña relación, a veces cordial y en ocasiones hasta cruel, por un lado entre casco viejo, ensanche, suburbios, extrarradio, colonias y un neo-Madrid acelerado, y, por otro, sierras boscosas de pines, robles y abedules, con manantiales limpios, prados, cumbres de piornal y riscos pelados, montes de nieve y aguacero.

El lugar de la ciudad de Madrid se coloca al abrigo y solana bonancibles del Sistema Central, como dijo Manuel de Terán, «varada a medio camino entre el Guadarrama y el Tajo», por lo que la presencia visual de la sierra en ella es casi cotidiana. Al depender la ciudad de algunos de los recursos de la montarla, se integra esta más aún en el contexto territorial de la capital de modo espontáneo. Pero ha sido la reciente y creciente aproximación a sus paisajes, como complemento y como contraste con los urbanos, lo que ha establecido esa relación come un ingrediente sin el cual no se entendería el mapa mental de los madrileños. Tal mapa está definido por el enlace y adición de tres tipos elementales de terrenos, llano, sierra y ciudad, con una fuerte capacidad de influencia de esta sobre los otros dos. Pero la sierra acumula los principales prestigios.

Desde el primer decenio del siglo XX, comienza a desarrollarse el montañismo en Madrid, afición que aparece como un producto de la actitud institucionista de interés por la relación de estudio y vivencia con la naturaleza del Guadarrama desde 1886, al que acompaña su valoración científica, pedagógica y artística. Esta valoración fue expresada aún más por la generación del 98, que centró desde Madrid en la Sierra de Guadarrama ese sentimiento, lo que dotará a sus paisajes de una intensa carga cultural. El paisaje de la Sierra de Guadarrama ha acabado por ser el mejor representado de las montañas españolas por artistas e intelectuales. Evidentemente, la Sierra de Guadarrama ha padecido en otros aspectos la influencia de la capital, pero, en este, ha gozado abundantemente de ella.

Además de las urbanizaciones a pie de sierra, las influencias negativas urbanas también alcanzan sus áreas altas, como los puertos de Navacerrada y los Cotos, que serán los ámbitos más fuertemente afectados por una reconfiguración deportiva del espacio serrano. Se pueden definir varias etapas en este proceso bifaz de influencia territorial de origen urbana en la montana a lo largo del siglo XX. La primera, de inicio de la transformación turístico-deportiva del Guadarrama, va de 1900 a 1929. Es incorporado el puerto de los Cotos a la red de carreteras al prolongarse la ruta moderna para coches desde Navacerrada desde, al menos, el años 1919, y hasta Rascafría más tarde (1926-27). también en esos años se instala el ferrocarril a Navacerrada, promovido por la Sociedad del Ferrocarril e inaugurado en 1923. El incipiente excursionismo guadarramista adquiere entonces aquí otras modalidades, pues con él también aparece la entrada del primer esquí serrano y madrileño, bien descrita por Bernaldo de Quirós en 1921. Se encauza el excursionismo de la época con atención a los valores naturales e históricos.

La segunda etapa, de cierta autorregulación cultural de tendencia conservacionista, empieza en 1930 y se prolonga con inercia hasta 1949. El primer movimiento conservacionista del Guadarrama, con hechos concretos, arranca ya en 1930. Ello se inscribe en la política general española de parques nacionales, activa desde 1916, y también en relación con la valoración científica, pedagógica, literaria, artística y social coetánea de la sierra. Así, se establece, por reales Ordenes en 1930 y en 1932, la protección express de lugares selectos de la sierra: La Pedriza, con su paisaje granítico, Peñalara, con su modelado glaciar, el monumento natural al Arcipreste, por su valor cultural, y el monumento natural de la Fuente de los geólogos, en homenaje a la relación entre la ciencia y la sierra.

La tercera etapa, desarrollista típica, es impulsada en 1950 y se acentúa en los setenta y, aunque se frena a fines de este decenio, alcanza hasta 1986. Entre los proyectos de explotación de la sierra con secuelas definitivas en el paisaje es destacable el de 1953, que pasa a proponer la accesibilidad mecánica de las cumbres más importantes inmediatas, con prolongación de los trazados de ferrocarril por Cotos, base de Peñalara y Valdemartín y enlace con remontes hasta las cimas, del que precede, con sus adaptaciones y sólo trazado parcial del ferrocarril, la situación reciente de Valcotos y actual de Valdesquí aunque dependientes hoy no del tren, sino de los coches. Un año después se posibilita la prolongación de la línea férrea hasta Cotos, Valdemartín y la laguna de Peñalara, con enlace de teleféricos a cumbres de Cabezas de Hierro y de Peñalara. Tanto las posibilidades de Valcotos como de Valdesquí quedaron abiertas a partir de 1964 cuando se abrió la línea y los remontes y transformaciones no tardaron en aparecer. En 1968 salió a la luz pública un proyecto de promoción turística del Guadarrama. En consonancia directa con ello, en 1971 se cambió el rango de Peñalara como Sitio Natural de Interés Nacional, logrado en 1930, para transformarlo en Centro de Interés Turístico, que hacía perder a la montaña su garantía de protección y facilitaba su transformación en centre de esquí y de promoción urbanística (Valcotos y Monte Olimpo).

En 1986-1987 hubo un cambio significativo con la obligación de restaurar los daños causados en la naturaleza de Peñalara por la estación de Valcotos. Esta línea recuperadora de los valores serranos adquiere su punto crucial con la reclasificación del Parque Natural de Peñalara en 1990, aunque la publicación de la «Estrategia de Ecodesarrollo» de la CAM, aprobada por la Asamblea de Madrid en 1993, supuso una nueva amenaza, que suscitó una notoria reacción. Al mismo tiempo, la progresiva masificación del uso de la sierra y la introducción de vehículos en sus espacios fueron acentuando los fenómenos de modificación del espacio de dominante natural. Por último, en el cambio de siglo, junto a la restauración ejemplar del espacio natural de Peñalara, se propugna oficialmente una iniciativa conservacionista global, largamente esperada, con la propuesta del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, lo que parece iniciar otro proceso de caracteres afortunadamente diferentes. La recuperación de los valores esenciales que nuestra cultura ha otorgado al Guadarrama deberá ser la línea directriz de este proceso que, nuevamente se origina en Madrid. El positivo «efecto de retomo» en la sociedad que vive estos espacios merecerá los esfuerzos que se hagan por conseguir que esa recuperación de valores sea efectiva.

Referencia[ ]

  • MARTÍNEZ DE PISÓN. Eduardo, en Enciclopedia Madrid S.XX


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