Valle Inclán y sus muñecos

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En 1904, Cristóbal de Castro solicitó la contestación de Valle-Inclán para una encuesta que constaba de una sola pregunta: «¿Cuánto ha ganado usted con sus libros?». La respuesta fue la siguiente: «Yo, hasta ahora, jamás he ganado cosa alguna con mis libros. De los primeros he vendido hasta cinco o seis ejemplares; de los últimos vendo alguno más, pero nunca lo bastante para costear las ediciones. Todas mis esperanzas están puestas en un libro que publicaré dentro de algunos días: La sonata de primavera. Seguramente se venderán algunos centenares de miles, y con el dinero queme dejen pienso restaurar los castillos del Marqués de Bradomín y comprarme un elefante blanco, con una litera dorada, para pasearme por la Castellana». Parece más o menos razonable que alguien que concibe esa divertida quimera de tinte asiático conciba también el esperpento de tinte carpetovetónico, sobre todo si opina que «el sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada», y supongo que todos estaremos de acuerdo en que tanto los elefantes blancos como los componentes de la cofradía de la golfemia lírica tienen capacidad de sobra para llevar a cabo esa deformación.

Valle-Inclán convirtió a los bohemios de la literatura en marionetas y los puso a charlar de sus cosas, allá en su mundo descabellado, en su reino naúfragos de la realidad, en un callejón de espejos deformantes perseguidores afanosos de la gloria y la peseta.

Max Estrella, ciego y alucinado, cree recuperar de repente la vista y ver el mundo, aunque al instante todo se le vuelve tiniebla, y entonces cree haber muerto, porque es de noche. El hiperbólico y zalamero don Latino de Híspalis llega precedido de una vaharada de aguardiente. Y van apareciendo los comparsas ... El librero Zaratustra, abichado y giboso, con cara de tocino rancio, es una sombra expresionista en su cueva, donde hace tertulia con un gato, con un perro y con un loro que grita «¡ Viva España!». Don Gay Peregrino, anglófilo pero reumático, necesitado del sol de esa España a la que da vivas el loro, se presenta con un latinajo: «¡Salutem pluriman!». La Pisa-Bien, morganática del rey de chichirimoche de Portugal, vendedora de nardos, revenida de un ojo y periodista. Y, de repente, saliendo a escena en fila una cuadrilla heteróclita: los epígonos del Parnaso modernista, a saber: Rafael de los Vélez, Dorio de Gadex, Lucio Vero, Mínguez, Gálvez, Clarinito y Pérez, sombras paródicas. Y así sucesivamente.

Valle-Inclán paseó a los héroes clásicos por el Callejón del Gato y los convirtió en fantoches dicharacheros, en caricaturas de una caricatura, buscando con ello «el lado cómico en lo trágico de la vida misma». Y, bajo las luces mortecinas de la bohemia, esas marionetas se mueven, se mueren, lanzan sublimes apotegmas y practican el sablazo, divagan y trasnochan, pisando vidrios rotos, espectros errantes bajo una luna modernista de cartón piedra, en su aterrador país de espejos cóncavos.

Referencia[ ]

  • BENÍTEZ REYES, Felipe. Valle-Inclán y sus muñecos, en Enciclopedia Madrid S.XX


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