Benito Pérez Galdós

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Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria; 10 de mayo de 1843 - Madrid; 4 de enero de 1920) fue un novelista, dramaturgo y cronista, una de las personalidades más importantes de la historia de la literatura de España.


Biografía[ ]

Galdós era el décimo hijo de un coronel del ejército, Sebastián Pérez, y de Dolores Galdós, una dama de fuerte carácter e hija de un antiguo secretario de la Inquisición. Su padre inculcó en el hijo el gusto por las narraciones históricas contándole asiduamente historias de la Guerra de la Independencia, en la que había participado. Su imaginación fue desbordante ya desde muy joven. En 1852 ingresó en el Colegio de San Agustín, que aplicaba una pedagogía activa y bastante avanzada para la época, durante los años en que empezaban a divulgarse por España las polémicas teorías darwinistas, de lo cual hay ecos en obras suyas como, por ejemplo, Doña Perfecta.

Obtuvo Galdós el título de bachiller en Artes en 1862, en el Instituto de La Laguna, y empezó a colaborar en la prensa local con poesías satíricas, ensayos y algunos cuentos. También se había destacado por su interés por el dibujo y la pintura. Después de la llegada de una prima suya a casa, el joven Galdós se transtornó emocionalmente y sus padres decidieron que se fuera a la capital a estudiar la carrera de Derecho.

Así pues llega a Madrid en septiembre de 1862 y se matricula en la universidad, y tiene por profesores a Fernando de Castro, Francisco de Paula Canalejas, Adolfo Camús y Valeriano Fernández. Allí también conocerá al fundador de la Institución Libre de Enseñanza, Francisco Giner de los Ríos, que le alentó a escribir y le hizo sentir curiosidad por una filosofía, el Krausismo, que marcará fuertemente su primera novelística; mas de momento se limita a frecuentar los teatros y a crear con otros escritores paisanos suyos (Nicolás Estévanez, José Plácido Sansón etcétera) la «Tertulia Canaria» en Madrid, mientras acude a leer al Ateneo a los principales narradores europeos en inglés y francés; allí, durante una conferencia de Leopoldo Alas "Clarín", traba amistad con el famoso crítico y novelista asturiano.

En 1865 asiste a los hechos de la Noche de San Daniel, que le impresionan vivamente:

Presencié, confundido con la turba estudiantil, el escandaloso motín de la noche de San Daniel -10 de abril del 65-, y en la Puerta del Sol me alcanzaron algunos linternazos de la Guardia Veterana, y en el año siguiente, el 22 de junio, memorable por la sublevación de los sargentos en el cuartel de San Gil, desde la casa de huéspedes, calle del Olivo, en que yo moraba con otros amigos, pude apreciar los temendos lances de aquella luctuosa jornada. Los cañonazos atronaban el aire... Madrid era un inferno. (B. Pérez Galdós, Memorias de un desmemoriado, cap. II.)

Es un asiduo de los teatros, y le impresiona especialmente Venganza catalana, de Antonio García Gutiérrez. Ese mismo año empieza a escribir como redactor meritorio en los periódicos La Nación y El Debate, así como en la Revista del Movimiento Intelectual de Europa. Al año siguiente, y en calidad de periodista, asiste al pronunciamiento de los sargentos del Cuartel de San Gil. Lleva una vida cómoda, albergado primero por dos de sus hermanas y luego en casa de su sobrino, José Hurtado de Mendoza. Según nos lo pinta Ramón Pérez de Ayala y las fotografías confirman, era un descuidado en el vestir y se conformaba siempre con ir de tonos sombríos para pasar desapercibido; en invierno llevaba enrollada al cuello una bufanda de lana blanca, con un cabo colgando del pecho y otro a la espalda, un puro a medio fumar en la mano y, cuando estaba sentado, a los pies su perro alsaciano. Se cortaba el pelo al rape y padecía horribles migrañas.

Era proverbial su timidez, que le hacía ser más que parco en palabras y en aspecto de una modestia inverosímil, hasta el punto de sufrir al hablar en público. Entre sus dotes estaba el poseer una memoria visual portentosa y una retentiva increíble que le permitía recordar capítulos enteros del Quijote y detalles minúsculos de paisajes vistos solamente una vez veinticinco años antes. De ello nacía también su gran facilidad para el dibujo. Todas estas cualidades desarrollaron en él una de las facultades más importantes en un novelista, el poder de observación.

En 1867 hace su primer viaje al extranjero, como corresponsal en París, para dar cuenta de la Exposición Universal. Vuelve con las obras de Balzac y de Dickens, y vierte de éste, a partir de una traducción francesa, su obra más cervantina, Los papeles póstumos del Club Pickwick. Toda esta actividad supone su inasistencia a las clases de Derecho y le borran definitivamente de la matrícula en 1868. En ese mismo año, se produce la llamada revolución de 1868, en que cae la reina Isabel II, y marcha con su familia desde el puerto de Barcelona a las Canarias, para evitar la revolución; pero, ansioso de asistir a la misma, se baja del vapor en Alicante y vuelve a Madrid a tiempo de ver la entrada del general Serrano y la de Prim. El año siguiente se encarga de hacer crónicas periodísticas sobre la elaboración de la nueva Constitución.

En 1870 publica su primera novela, La Fontana de Oro, escrita en parte durante uno de sus viajes a Francia, gracias al dinero de su tía. En realidad, en esa época la publicación de un libro se hacía gracias a la ayuda de los periódicos y de las revistas o corría a cuenta del autor. Esta obra, con los defectos de toda obra primeriza, bosqueja la situación ideológica de España durante el Trienio Constitucional (1820-1823).

En 1873 comenzó a publicar la que se puede considerar su obra cumbre, los Episodios Nacionales (el título se lo sugirió su amigo José Luis Albareda), donde se refleja la vida íntima de los españoles del siglo XIX y su contacto con los hechos de la historia nacional que marcaron el destino colectivo del país. Se trata de 46 episodios en cinco series de diez novelas cada una, salvo la última, que quedó inconclusa. Arrancan con la batalla de Trafalgar y concluyen con la Restauración borbónica en España. La primera serie (1873-1875) trata de la Guerra de la Independencia (1808-1814) y tiene por protagonista a Gabriel Araceli, "que se dio a conocer como pillete de playa y terminó su existencia histórica como caballeroso y valiente oficial del ejército español" (Memorias de un desmemoriado, p. 202); la segunda, (1875-1879) trata de las luchas entre absolutistas y liberales hasta la muerte de Fernando VII en 1833; su protagonista es el liberal Gabriel (Salvador ¡melón!) Monsalud, que encarna, en gran parte, las ideas de Galdós, y en quien "prevalece sobre lo heroico lo político, signo característico de aquellos turbados tiempos" (íd.). Tras un paréntesis de veinte años vuelve a escribir la tercera serie (1898-1900), tras recuperar los derechos sobre sus obras que detentaba su editor, con el que había pleiteado interminablemente. Esta serie cubre la Primera Guerra Carlista. La cuarta serie (1902-1907) se desarrolla entre la Revolución de 1848 y la caída de Isabel II en 1868. La quinta (1907-1912), incompleta, acaba con la Restauración de Alfonso XII. Este conjunto novelístico constituye una de las obras más importantes de la literatura española de todos los tiempos y ejerció un influjo considerable en la trayectoria de la novela histórica española. El punto de vista adoptado es vario y multiforme, y se inicia con la perspectiva de un joven chico que se ve envuelto en los hechos más importantes de su época mientras lucha por su amada; la evolución ideológica de Galdós es perceptible desde el aliento épico de la primera serie hasta el amargo escepticismo final, pasando por la radicalización política y agresividad socialista-anarquista de las series tercera y cuarta.

En 1876, se publica Doña Perfecta, un panfleto anticlerical contra la intolerancia ideológica asentada en una imaginaria ciudad mesetaria, Orbajosa, semejante a la Ficóbriga de Gloria. Pese a las oposiciones que suscitó la obra entre los neos o neocatólicos, Galdós fue elegido miembro de la Real Academia Española en 1889.

[...] Podría decirse que la sociedad llega a un punto de su camino en que se ve rodeada de ingentes rocas que le cierran el paso. Diversas grietas se abren en la dura y pavorosa peña, indicándonos senderos o salidas que tal vez nos conduzcan a regiones depejadas (...) Contábamos, sin duda, los incansables viajeros con que una voz sobrenatural nos dijera desde lo alto: por aquí se va, y nada más que por aquí. Pero la voz sobrenatural no hiere aún nuestros oídos y los más sabios de entre nosotros se enredan en interminables controversias sobre cual pueda o deba ser la hendidura o pasadizo por el cual podremos salir de este hoyo pantanoso en que nos revolvemos y asfixiamos. Algunos, que intrépidos se lanzan por tal o cual angostura, vuelven con las manos en la cabeza, diciendo que no han visto más que tinieblas y enmarañadas zarzas que estorban el paso; otros quieren abrirlo a pico, con paciente labor, o quebrantar la piedra con la acción física de substancias destructoras; y todos, en fin, nos lamentamos, con discorde vocerío, de haber venido a parar a este recodo, del cual no vemos manera de salir, aunque la habrá seguramente, porque allí hemos de quedarnos hasta el fin de los siglos [...]
Fragmento del Discurso leído por Benito Pérez Galdós ante la Real Academia Española

Galdós asiste con regularidad al viejo Ateneo de la Calle de la Montera y traba amistad con personajes de ideología nada afín a la suya, pues era hombre poco inclinado a fanatismos ideológicos; así se hizo un gran amigo de José María de Pereda, de Antonio Cánovas del Castillo, de Francisco Silvela y de Marcelino Menéndez Pelayo. También frecuenta las tertulias del Café inglés, de la Iberia y del viejo Café de Levante. Hizo viajes por Francia, Inglaterra e Italia varias veces, pero por su amistad con Pereda se aficionó a Santander, en cuyo Sardinero tomó la costumbre de veranear junto a éste y Menéndez Pelayo; allí se construyó su célebre casa de San Quintín. También gustaba de visitar Toledo, ciudad por la que sentía una gran predilección y a la que hizo escenario de algunas de sus novelas, como Ángel Guerra o Tristana. En 1884 viajó a Portugal en compañía de su amigo Pereda.

Influencias de la amistad le regalaron el acta de diputado por Puerto Rico (1885) y asistió a las cortes en la legislatura del año siguiente sin apenas despegar los labios: el Congreso fue para él un nuevo observatorio desde el que analizar "la sociedad española como materia novelable", que será el título de su futuro discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua. De 1886 a 1890 se compromete poco activamente en política, ya que es diputado por el partido de Sagasta; el 15 de marzo de 1891 la gran actriz María Guerrero estrena Realidad con el papel de Augusta; esta noche la recordó Galdós como "solemne, inolvidable para mí" en sus Memorias; el buen éxito de la obra y la insistencia de Mario y María Guerrero le movió a estrenar al año siguiente La loca de la casa, pero hubo que reducirla porque era muy extensa y cambiar el final, entre otras modificaciones en las cuales se contó con la ayuda de José Echegaray, que asistió a los ensayos. Siguió La de San Quintín, estrenada el 25 de enero de 1893 y el éxito más resonante que hasta entonces obtuvo Galdós en el teatro, durando en cartel cincuenta noches.


Un laudo arbitral de 1897 independizó a Galdós de su primer editor, Miguel Honorio de la Cámara, y se dividió todo en dos partes, de lo que resultó que Galdós, en veinte años de gestión conjunta, había recibido unas 80.000 pesetas más de lo que le correspondía; después se averiguará que Cámara no había sido del todo legal respecto al número y fecha de las ediciones de sus obras, de suerte que a Galdós le quedó en suma un déficit de 100.000 pesetas en ese trato. Sin embargo quedó en su propiedad el cincuenta por ciento del fondo de sus libros que quedaba en espera de venta, 60.000 ejemplares en total. Para librarse de ellos abrió el escritor una casa editorial con el nombre de Obras de Pérez Galdós en la calle de Hortaleza (número 132 bajo, hoy 104). Ansioso de recuperar el terreno perdido, comienza anunciando sus ediciones de Doña Perfecta y El abuelo; continuó esta actividad editorial hasta 1904, año en que firmó cansado un contrato de edición con la Editorial Hernando.

La vida sentimental de Galdós no ha sido muy estudiada, en parte por la discreción que le envolvió en tales asuntos y de la que hizo gala incluso en sus estudiadamente anodinas Memorias de un desmemoriado, que parecen escritas casi para desalentar empeños biográficos ulteriores, en forma más bien de diario de viajes. El caso es que permaneció solterón, si bien fue asiduo cliente de amores mercenarios y tuvo una hija natural en 1891 de una madre que se suicidó posteriormente, Elena Cobián; también se conoce bien su relación con la actriz Concha Morell y con la novelista Emilia Pardo Bazán. Durante sus últimos años se consagró fundamentalmente al teatro, para el que entregó veintitrés piezas, algunas de ellas adaptaciones de sus novelas, cuya evolución le iba reclamando además la forma dialogada. En esta época empieza a aparecer el espiritualismo europeo en su obra, cuando Galdós empieza además a sentir un gran interés por la obra de León Tolstoy. También en la última parte de su vida padeció las consecuencias de sus descuidos económicos y su tendencia a endeudarse de forma continua. Según el testimonio de Ramón Pérez de Ayala:

En una ocasión don Gabino Pérez, su editor, le quiso comprar en firme sus derechos literarios de las dos primeras series de los Episodios Nacionales por quinientas mil pesetas, una fortuna entonces. Don Benito replicó: "Don Gabino, ¿vendería usted un hijo?" Y, sin embargo, don Benito no sólo no disponía jamás de un cuarto, sino que había contraído deudas enormes. Las flaquezas con el pecado del amor son pesadas gabelas. Pero éste no era el único agujero por donde el diablo le llevaba los caudales, sino, además, su dadivosidad irreflenable, de que luego hablaré. En sus apuros perennes acudía, como tantas otras víctimas, al usurero. Era cliente y vaca lechera de todos los usureros y usureras matritenses, a quienes, como se supone, había estudiado y cabalmente conocía en la propia salsa y medio típico, con todas sus tretas y sórdida voracidad. ¡Qué admirable cáncer social para un novelista! (Léase su Fortunata y Jacinta y la serie de los Torquemadas.) Cuando uno de los untuosos y quejumbrosos prestamistas le presentaba a la firma uno de los recibos diabólicos en que una entrega en mano de cinco mil pesetas se convierte, por arte de encantamiento, con carácter de documento ejecutivo o pagaré al plazo de un año, en una deuda imaginaria de cincuenta mil pesetas, don Benito tapaba con la mano izquierda el texto, sin querer leerlo, y firmaba resignadamente. Los intereses de la deuda ficticia así contraídos le llevaban casi todo lo que don Benito debía recibir por liquidaciones mensuales de la venta de sus libros. Muy pocos años antes de la muerte de don Benito, un periodista averiguó por esto su precaria situación económica y la hizo pública, con que se suscitó un movimiento general de vergüenza, simpatía y piedad (...) A principios de mes acudían a casa de don Benito, o bien le acechaban en las acostumbradas calles, atajándole al paso, copiosa y pintoresca colección de pobres gentes, dejadas de la mano de Dios; pertenecían a ambos sexos y las más diversas edades, muchos de ellos de semblante y guisa asaz sospechosos; todos, de vida calamitosa, ya en lo físico, ya en lo moral, personajes cuyas cuitas no dejaba de escuchar evangélicamente (...) Don Benito se llevaba sin cesar la mano izquierda al bolsillo interno de la chaqueta, sacaba esos papelitos mágicos denominados billetes de banco, que para él no tenían valor ninguno sino para ese único fin, y los iba aventando. Ramón Pérez de Ayala, «Más sobre Galdós», en Divagaciones literarias, Madrid: Biblioteca Nueva, 1958, p. 162-163.

Para conocer bien la piel de toro se dedicó a viajar por toda España en vagones de ferrocarril de tercera clase, codeándose con los míseros y hospedándose en posadas y hostales de mala muerte, y aun recurrió al coche de San Fernando. Se levantaba con el sol y escribía regularmente hasta las diez de la mañana a lápiz, porque la pluma le hacía perder el tiempo. Después salía a pasear por Madrid a espiar conversaciones ajenas (de ahí la enorme frescura y variedad de sus diálogos) y a observar detalles para sus novelas; no bebía y fumaba sin cesar cigarros de hoja. A primera tarde leía en español, inglés o francés; prefería los clásicos ingleses, castellanos y griegos, en particular Shakespeare, Dickens, Cervantes, Lope de Vega y Eurípides, a los que se conocía al dedillo; en su madurez empezó a frecuentar a León Tolstoy. Después volvía a sus paseatas como no hubiera un concierto, pues adoraba la música y durante mucho tiempo hizo crítica musical. Se acostaba con las gallinas y casi nunca iba al teatro. Cada trimestre acunaba un volumen de trescientas páginas.

Placa conmemorativa en su domicilio

Ingresó en la Real Academia Española en 1889, contestándole Menéndez Pelayo. A los pocos días le correspondió a él contestar al discurso de su gran amigo, José María de Pereda. En 1890 y 1891 fue reelegido diputado por la misma circunscripción antillana. Habiéndose unido a las fuerzas políticas republicanas, Madrid lo eligió su representante en las Cortes de 1907; en 1909 fue jefe, junto a Pablo Iglesias, de la coalición republicano-socialista; pero él, que «no se sentía político» se apartó enseguida de las luchas «por el acta y la farsa» y se dedicó de nuevo a la novela y al teatro. En 1919 se realizó una escultura suya, reconociéndose su éxito en vida. A pesar de su ceguera pidió ser alzado para palpar la obra; lloró emocionado al comprobar la fidelidad de la escultura. Cargado de laureles y ciego, el indiscutido gran novelista español del siglo XIX murió en su casa de la calle de Hilarión Eslava de Madrid el 4 de enero de 1920. El día de su entierro hasta 20.000 madrileños acompañaron a su ataúd hacia el Cementerio de la Almudena.

Es de destacar el trabajo realizado por la investigadora y poeta cántabra Matilde Camus concerniente a la relación entre Benito Pérez Galdós y Vicenta García Miranda.

Obra[ ]

De su muy amplia producción literaria podemos citar las siguientes obras:

  • La Sombra: la novela está editada en Noviembre del año 1870. Galdós consigue publicarla por entregas en La Revista de España. A pesar de que fue editada posteriormente a la Fontana de oro los críticos ponen de relieve la posibilidad de que fuera redactada uno o dos años antes.
  • Doña Perfecta, donde se hace el estudio de una ciudad imaginaria, Orbajosa, anclada en una tradición cerril de inmovilismo; al llegar el ingenuo ingeniero progresista Pepe Rey para casarse con la hija de la mujer que da título al libro, doña Perfecta, comienza una serie de intrigas en que crecientemente se empieza a desacreditar al ingeniero por parte del sector reaccionario y el clero de la ciudad. La obra termina trágicamente.
  • En Marianela Galdós construye una sólida narración en torno al pobre personaje huérfano que le da título, deforme y enamorada del joven burgués ciego al que sirve de Lazarillo y al que la ciencia le hace recobrar la vista, en el ambiente circular de un pueblo minero. El final de la obra es trágico.
  • Fortunata y Jacinta, obra costumbrista cuyo eje argumental es el enamoramiento de dos mujeres de diferentes clases sociales de un mismo hombre: Juan Santa Cruz, prototipo del hijo de familia acomodada. Jacinta, mujer de alta condición social, estéril, acaba casándose con Santa Cruz y adoptando al hijo que su marido ha tenido con Fortunata, de baja condición.

Uno de los personajes secundarios de esta novela, el usurero Torquemada, protagonizó otras cuatro obras (Torquemada En La Hoguera, Torquemada En La Cruz, Torquemada En El Purgatorio, Torquemada y San Pedro), con admirable virtuosismo en el análisis de un tipo social a través de su lenguaje y estilo.

Cabría agrupar varias novelas unidas por la problemática religiosa; si en Doña Perfecta Galdós se muestra anticlerical al modo de entonces y refleja un impactante panorama de la hostilidad provinciana conservadora a un recién venido de ideas modernas, en cambio, en Ángel Guerra y, sobre todo, en Nazarín, se advierte que no hay en él irreligiosidad, sino al contrario, un profundo sentir cristiano, disconforme con los compromisos temporales y sociales de los hombres de la Iglesia.

También hay que destacar Miau, que es la pequeña epopeya del cesante, del funcionario de Hacienda que, dejado en la calle por un cambio ministerial, se alimenta de la esperanza, mientras detrás de él su inconsciente familia trata de mantener las apariencias de la «gente bien». Por otro lado, Misericordia nos sumerge en los estratos más bajos del Madrid de entonces, en contraste con la gente acomodada pero venida a menos. En ella encontramos una espléndida pareja de figuras: el moro ciego Almudena y la criada Benina, que representa la exaltación de la caridad. Otras novelas suyas son Tormento, relato del conflicto entre la imaginación y la realidad, entre la libertad de elegir el propio destino y las resistencias del ambiente a permitirlo y finalmente La Desheredada.

Galdós ensayó también el teatro, insistiendo a veces en temas ya tocados en sus novelas, como El Abuelo. Aunque en algún momento sus composiciones teatrales fueron muy celebradas, en general esta faceta del escritor es netamente inferior al resto de su producción literaria.

Fórmulas narrativas[ ]

Galdós empezó cultivando una novela de tesis en que los personajes aparecían cortados por un patrón maniqueo, que los dividía entre reaccionarios y liberales; después empezó a interesarse por los aspectos más costumbristas y por facetas más espirituales, e intentó describir la burguesía española de su época y buscar sus orígenes en la historia reciente, mediante el uso de la novela histórica; también ensayó otras fórmulas narrativas, como la novela dialogada.

Estilo[ ]

Galdós posee una especial sensibilidad para el lenguaje popular; Baroja decía de él que «sabía hacer hablar» al pueblo. Consciente de esta gran virtud, suele utilizar muy a menudo el diálogo e incluso llega a ensayar novelas absolutamente dialogadas.

Su estilo busca la naturalidad y rehúye cualquier artificio retórico a fin de ofrecer, según postulados estéticos realistas, la visión más directa posible de lo que pretende expresar. Cuando narra su estilo es transparente, académico, pero siempre castizo; se trasluce sin embargo el humor y la ironía; en los diálogos, sin embargo, el lenguaje se impregna frecuentemente de términos corrientes e incluso vulgares, y en alguna ocasión el narrador canario, víctima de ese frenesí costumbrista, llega a mostrar un poco ridículos e infantiles a los personajes que describe. Es frecuente en él un humor piadosamente irónico de sesgo cervantino (Galdós fue un gran lector del Quijote).

Galdós fue uno de los más serios candidatos al Premio Nobel de Literatura de 1912, pero una campaña por parte de sus enemigos políticos disuadió a la Academia Sueca de galardonarlo. Trazos de esto se ven en los Episodios Nacionales escritos desde entonces, que destilan un cierto tono anticlerical.

Producción literaria[ ]

Novelas españolas contemporáneas[ ]

  • La Fontana de Oro (1870)
  • La sombra (1871)
  • El audaz (1871)
  • Doña Perfecta (1876)
  • Gloria (1877)
  • La familia de León Roch (1878)
  • Marianela (1878)
  • La desheredada (1881)
  • El doctor centeno (1883)
  • Tormento (1884)
  • La de Bringas (1884)
  • El amigo manso (1882)
  • Lo prohibido (1884–85)
  • Fortunata y Jacinta (1886–87)
  • Miau (1888)
  • La incógnita (1889)
  • Torquemada en la hoguera (1889)
  • Realidad (1889)
  • Ángel Guerra (1890–91)
  • Tristana (1892)
  • Nazarín (1895)
  • Halma (1895)
  • Misericordia (1897)
  • El abuelo (1904)

Teatro[ ]

  • Realidad (1892)
  • La loca de la casa (1893)
  • Gerona (1893).
  • La de San Quintín (1894)
  • Los condenados (1894)
  • Voluntad (1895)
  • La fiera (1896)
  • Doña Perfecta (1896)
  • Electra (1901)
  • Alma y vida (1902)
  • Mariucha (1903)
  • Amor y ciencia (1905)
  • Bárbara (1905)
  • Zaragoza (1908)
  • Pedro Minio (1908)
  • Casandra (1910)
  • Celia en los infiernos (1913).
  • Alceste (1914).
  • Sor Simona (1915)
  • El tacaño Salomón (1916).
  • Santa Juana de Castilla (1918).
  • Antón Caballero (1921).

Obra inédita[ ]

Además de estos escritos, Alberto Ghiraldo publicó en 1923 un compendio de Obras Inéditas en nueve volúmenes: Madrid, Renacimiento, 1923 (OI). A partir de este texto (volúmenes VI y VII) se publicó en 2003 El crimen de la calle de Fuencarral. El crimen del cura Galeote, editado y prologado por el escritor Rafael Reig en la editorial Lengua de Trapo. El crimen de la calle Fuencarral fue un tema «estrella» en el verano de 1888, iniciando un período de amarillismo en la prensa que alcanzaría su auge hacia el 98, coincidiendo con la Guerra de Cuba. Rafael Reig indica que estos relatos, que se publicaron en cartas enviadas al diario argentino La Prensa, serían comparables a la escritura de Dashiell Hammett y colocaría a este autor también como referente de un género literario poco frecuentado hasta entonces en la literatura española. al del movimiento.

Referencias[ ]

Fuentes[ ]

  • El contenido de este artículo incorpora material de una entrada de Wikipedia, publicada en castellano bajo la licencia GFDL.


Enlaces externos[ ]